EL CARÁCTER DE EXCEPCIÓN
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Muchas veces hemos escuchado decir a la gente que nos rodean, o hemos dicho nosotros mismos, de alguien en concreto: Fulanito tiene mucho carácter, atribuyéndole a esa persona una habilidad infranqueable frente a cualquier otro que se le acerque. Cuando se comienza su tratamiento psicoanalítico, para el psicoanalista lo más importante, en principio, no es su carácter, sino, como dice Freud: Quisiera más bien averiguar qué significan sus síntomas, qué impulsos instintivos se ocultan detrás de los mismos y se satisfacen en ellos, y qué etapas ha seguido el enigmático camino que enlaza aquellos impulsos instintivos con estos síntomas. Pero cuando las resistencias aparecen de forma evidente, hemos de atribuir tales resistencias a su carácter. Aunque aquellos rasgos que el paciente presenta al médico como resistencias, no son los que tanto el paciente como los que le rodean, le otorgan habitualmente. En ocasiones, son desconocidos por la propia persona. Uno de estos tipos de carácter, descubiertos por Freud en la labor analítica y descritos en su obra es el carácter de excepción. La labor psicoanalítica lo que plantea es la tarea de mover al paciente a renunciar a un placer próximo e inmediato, no al placer en general; el enfermo ha de renunciar tan sólo a aquellas satisfacciones a las que sigue un daño; no ha de hacer más que someterse a una privación temporal, aprender a trocar el placer inmediato por otro más seguro, aunque más lejano. O dicho de otro modo: debe llevar a cabo, bajo la dirección del médico, aquel avance desde el principio del placer al principio de la realidad, que diferencia al hombre maduro del niño. En ocasiones, algunos sujetos que se rebelan contra tal propuesta, alegando que ya han sufrido y se han privado bastante, que tienen derecho a que no se les impongan más restricciones y que no están dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displaciente. Freud nos señala que es indudable que a todos nos gustaría dárnoslas de «excepciones» y pretender, en consecuencia, la obtención de privilegios sobre los demás. En este tipo de carácter, los de excepción, la neurosis se enlaza a un suceso displaciente o a un padecimiento de sus primeros años infantiles, del que se sentían inocentes, estimándolo como una ofensa injusta inferida a su persona. Los privilegios que derivaban de esta injusticia y el desenfreno, de ellos resultante, habían contribuido no sólo a agudizar los conflictos, que más tarde condujeron a la explosión de la neurosis. En muchos de estos pacientes, la citada actitud ante la vida se constituye al averiguar que un doloroso padecimiento orgánico, que le había impedido lograr sus aspiraciones, era de origen congénito. En otros casos el paciente siente que, por ejemplo, la Naturaleza ha cometido con él una grave injusticia negándome una figura agradable que conquiste el amor de los demás. Así, pues, la vida le debe una compensación que él se procurará. Sienten que tienen derecho a considerarme como una excepción y a superar los escrúpulos por los que otros se dejan detener en su camino. Pueden cometer injusticias, pues se han cometido con él. Todos, en algún momento, creemos tener motivo para estar descontentos de la Naturaleza por desventajas infantiles o congénitas; y todos exigimos compensación de tempranas ofensas inferidas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio. Freud termina el texto diciendo: No queremos abandonar los de «excepción» sin observar que la pretensión de las mujeres a privilegios especiales y a la liberación de tantas necesidades de la vida se funda en la misma razón. La labor psicoanalítica nos ha llevado, en efecto, a descubrir que las mujeres se consideran perjudicadas por la Naturaleza, privadas de un elemento somático y relegadas a segundo término, y que la enemistad de algunas hijas contra su madre tiene como última raíz el reproche de haberlas parido mujeres y no hombres. |
Actualizado (Lunes, 13 de Diciembre de 2010 10:35)








